SOY.uy por LS.uy

El proyecto de ley para crear la aplicación de identidad digital SOY.UY murió antes de nacer: su autor no tuvo la precaución de registrar el dominio soy.uy.

Libertad Sanitaria Uruguay pagó la suscripción anual para tener el derecho exclusivo de su uso. De esta forma el proyecto perdió su propia identidad.

Ahora la dirección https://soy.uy redirige a LS.uy.

LSuy en acción desde 2016, se ha abocado al compromiso pacífico por la defensa del derecho de las personas a la soberanía sobre su cuerpo y su identidad. Para colaborar con la financiación de esta y otras movilizaciones pacíficas pero contundentes, ¡te invitamos a ser patrocinador! => AQUÍ


SOY.UY: ciudadanos de 1a y de 2a

Hay proyectos de ley que no fallan por mala intención, sino por mala comprensión. SOY.UY es uno de ellos. Fue presentado ante la Comisión Especial de Innovación, Ciencia y Tecnología el 26/2/2026 con la firma solitaria de un legislador suplente del sector Vamos Uruguay del Partido Colorado. No es un detalle menor: la iniciativa no aparece entre los proyectos destacados del sector ni del partido, lo que sugiere que carece de respaldo político orgánico. Más que una política pública madura, el proyecto parece responder a una lógica de instalación en agenda sin sustento técnico suficiente.

Se presenta como un avance en “identidad digital”. No lo es. Es, en el mejor de los casos, un «portadocumentos» digital: una aplicación para mostrar documentos en el celular. Nada más. Llamarlo identidad digital no es una simplificación: es un error.

La identidad digital no consiste en “ver” un documento en pantalla. Consiste en probar quién sos, con seguridad, con garantías técnicas y con validez jurídica. Y eso Uruguay ya lo tiene. Existen sistemas como TuID, las cuentas verificadas del portal gub.uy y la firma electrónica. Ese ecosistema ya permite operar, validar identidad y realizar trámites con respaldo legal.

Entonces, ¿qué problema viene a resolver SOY.UY? Ninguno claro. En cambio, crea varios. Primero, introduce confusión. Mezcla conceptos básicos y presenta como innovación algo que no lo es. Segundo, fragmenta. Agrega una nueva capa sin integrarse claramente a la arquitectura existente, debilitando el modelo de confianza en lugar de fortalecerlo. Y tercero, aumenta el riesgo: más superficie de ataque en un país que ya ha tenido incidentes vinculados a sistemas de identificación estatal, como los asociados a la Dirección Nacional de Identificación Civil.

Pero hay un problema todavía más básico: la app ni siquiera tiene con qué funcionar correctamente. SOY.UY pretende “integrar” documentos. Pero en la práctica, ninguno de esos documentos están disponibles en formato digital accesible desde los sistemas de sus propios organismos emisores. Entonces, ¿qué integra exactamente?

Sin una infraestructura previa de digitalización, interoperabilidad y validación en origen, la app no integra: simula integrar. Y eso abre dos escenarios, ambos problemáticos:

  • o se limita a mostrar versiones estáticas
  • o depende de mecanismos no estandarizados

En ambos casos, se pierde lo esencial: la garantía de autenticidad en tiempo real.

En el mundo financiero, ninguna app integra todos los medios de pago de forma plena y universal. Ni siquiera plataformas altamente desarrolladas pueden centralizar completamente tarjetas, cuentas y sistemas de distintos emisores sin acuerdos, estándares y disponibilidad real de datos. Entonces, la pregunta es obvia: si ni siquiera el sector financiero —con incentivos claros y sistemas digitales avanzados— logra integrar completamente los medios de pago, ¿por qué el Estado integraría documentos que ni siquiera están disponibles digitalmente en sus propios sitios web?

La respuesta es incómoda: no puede.

Una billetera digital sin fuentes confiables y verificables no es una solución. Es una interfaz vacía. Pero el problema más grave no es técnico. Es político, social… y también de soberanía.

SOY.UY parte de una ficción: que todos tienen smartphone, conexión y habilidades digitales. No es así. En Uruguay hay miles de personas —especialmente mayores— que no usan estas tecnologías o no pueden usarlas con autonomía y son los más vulnerables a las estafas digitales.

Para ellos, esta app no es una mejora. Es una exclusión.

Y acá aparece el punto más incómodo: SOY.UY divide a la sociedad.

Crea, de hecho, dos categorías de ciudadanos:

  • los que tienen smartphone, conectividad y habilidades digitales
  • y los que no

Los primeros acceden más rápido, más fácil, más “moderno”.
Los segundos quedan relegados, dependientes o directamente afuera.

Es la institucionalización de una brecha: ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda, definida por el acceso a tecnología privada.

Pero hay algo más profundo. El smartphone no es solo un dispositivo privado. Es una plataforma controlada por corporaciones extranjeras como Apple y Google, cuyos sistemas operativos, tiendas de aplicaciones y servicios:

  • almacenan datos fuera del país
  • responden a otras jurisdicciones
  • recolectan y procesan información de los usuarios

En otras palabras: el proyecto propone que un componente del sistema de identificación dependa, en la práctica, de infraestructuras que el Estado uruguayo no controla. Eso no es un detalle técnico. Es un problema de soberanía.

Y hay antecedentes que obligan a ser especialmente cautelosos.

La experiencia con la aplicación Coronavirus UY dejó más dudas que certezas en materia de transparencia. Al solicitar su código fuente al amparo de la Ley Nº 18.381, el propio Estado —a través de AGESIC— lo declaró reservado. El sistema no pudo ser auditado públicamente.

Aunque el proyecto proponga que la app Soy.uy sea opcional, la experiencia demuestra otra cosa: cuando el Estado crea un canal digital, ese canal termina volviéndose el estándar de hecho. Lo que empieza como alternativa termina como requisito. Y ahí el problema deja de ser tecnológico para convertirse en un problema de derechos.

Ningún ciudadano debería depender de tener un dispositivo privado —y mucho menos de plataformas extranjeras— para poder identificarse.

Además, concentrar documentos personales en una única aplicación estatal no es modernización: es crear un objetivo atractivo para cualquier atacante. Un punto único de falla con impacto potencial masivo. Y todo esto sin que el propio proyecto defina con claridad estándares robustos de autenticación, validación o seguridad.

Y hay un antecedente aún más sensible.

El caso del pasaporte otorgado en 2022 a Sebastián Marset en Montevideo y entregado en Dubai mostró que incluso los procesos más críticos de identificación pueden ocurrir con niveles de opacidad preocupantes.

También de 2022 fue el caso de la expedición de pasaportes falsos a supuestos rusos nacionalizados uruguayos.

En 2024 se denunció a los futbolistas profesionales que falsificaron los carnés de salud y un año después a los sindicalistas del puerto por lo mismo.

Recordar de 2025 el caso del municipio del interior que expidió tres veces más licencias de conducir que habitantes censados.

La pregunta es inevitable: si esos procesos hubieran estado mediados por una app como SOY.UY, ¿habrían sido más transparentes… o simplemente más invisibles? Digitalizar no garantiza transparencia. A veces, la oculta mejor.

Y tampoco es un problema teórico.

Ya ocurrió en la región, con antecedentes documentados en medios y reportes técnicos. Aplicaciones similares como Mi Argentina y gov.br han enfrentado problemas relevantes en materia de seguridad y protección de datos.

En Argentina, investigaciones periodísticas y reportes de especialistas (incluyendo análisis difundidos por medios como Infobae y La Nación) señalaron debilidades en los mecanismos de validación de identidad de Mi Argentina, incluyendo riesgos en la verificación mediante DNI y biometría facial, así como exposición potencial de datos personales.

En Brasil, el sistema gov.br fue objeto de múltiples cuestionamientos públicos, incluyendo advertencias sobre accesos indebidos a cuentas y debilidades en los procesos de autenticación, reportados por medios como Folha de São Paulo y O Globo, además de análisis de expertos en ciberseguridad.

No se trata de escenarios hipotéticos: los riesgos ya se materializaron en países comparables.

Si en contextos con mayor escala y recursos estos sistemas han presentado fallas, ¿sobre qué base se asume que en Uruguay funcionarían sin enfrentar los mismos problemas?

SOY.UY no resuelve un problema. Crea varios: conceptuales, técnicos, institucionales, sociales y de soberanía tecnológica.

Confunde un canal con un derecho. Y ese no es un detalle menor.

Porque una app es un canal. La identidad es un derecho. Y cuando el Estado mezcla ambas cosas, el resultado no es innovación. Es improvisación con consecuencias.

La tecnología puede ser una herramienta poderosa. Pero mal usada, también puede ser una forma elegante de excluir.

SOY.UY no moderniza el Estado. Lo complica, lo fragmenta y —lo más grave— pretende construir confianza sobre sistemas opacos, dividiendo a la sociedad en ciudadanos de primera y de segunda.


Comirnaty en crisis: sin voluntarios y bajo sospecha

Hay dos novedades relevantes sobre la vacuna anticovid-19 Cominarty de Pfizer que el MSP está aplicando en conjunto con la antigripal en Uruguay, sin informar adecuadamente a la población.

Sin voluntarios por Comirnaty

El fabricante de vacunas Pfizer/BioNTech suspendió un ensayo a gran escala en Estados Unidos de su vacuna actualizada contra la COVID-19 en adultos sanos de entre 50 y 64 años, alegando que la participación en los ensayos había sido demasiado baja para generar los datos requeridos por las nuevas disposiciones de la Administración de Alimentos y Medicamentos de EE. UU. (FDA).

El año pasado la FDA elevó los estándares de los requisitos de la vacuna contra la COVID-19, para incluir la exigencia de ensayos a gran escala controlados con placebo en el grupo de edad de 50 a 64 años. El motivo era que el beneficio de las dosis anuales repetidas para adultos sanos era incierto después de varios años de circulación del virus y disponibilidad de vacunas. «Queremos saber más sobre los efectos de estos productos, especialmente a medida que avanzamos hacia la séptima, octava y novena dosis«, afirmó Vinay Prasad, director del programa de vacunas de la FDA.

Pfizer y BioNTech informaron a Reuters que habían notificado a la FDA su intención de suspender el estudio de la vacuna contra la COVID-19, debido a las dificultades para conseguir suficientes participantes. El objetivo era reclutar entre 25.000 y 30.000 participantes. «Este estudio no finaliza por motivos de seguridad ni por problemas de relación beneficio-riesgo. Tenemos la intención de interrumpir el estudio debido a la lenta captación de participantes y, por lo tanto, a la imposibilidad de generar datos relevantes posteriores a la comercialización», declararon las empresas.

Vinay Prasad, quien había impulsado los ensayos controlados con placebo en adultos y niños sanos, fue cesado de la FDA a partir de este mes de abril.

La suspensión del estudio de Pfizer-BioNTech se produce antes de la reunión prevista para mayo del Comité Asesor de Vacunas y Productos Biológicos Relacionados de la FDA, que utilizaría los datos del estudio para orientar las decisiones sobre la selección de cepas para las vacunas contra la COVID-19 este otoño (del hemisferio norte).

Dos fuentes de empresas que gestionan 18 de los 208 centros de ensayos clínicos afirmaron que Pfizer les comunicó a principios de marzo que debían detener el reclutamiento de participantes. El ensayo tenía como objetivo evaluar la eficacia, la respuesta inmunitaria y la seguridad de una vacuna actualizada contra la COVID-19 de Pfizer y BioNTech en adultos sanos de entre 50 y 64 años. La FDA exigió que los participantes no padecieran enfermedades crónicas como hipertensión o diabetes. «Es una población muy difícil de reclutar«, dijo un ejecutivo de una organización de investigación por contrato involucrada en el ensayo, que habló bajo condición de anonimato. «Incluso cuando los pacientes están dispuestos a participar en estudios sobre la COVID-19, más del 80 % no superan la evaluación previa porque no cumplen con los criterios de salud. Ha sido un verdadero desafío reclutar suficientes pacientes, sobre todo dada la magnitud de estos ensayos», declaró el ejecutivo.

Actualmente, ninguna vacuna contra la COVID-19 cuenta con la aprobación completa de la FDA para adultos sanos de entre 50 y 64 años. Comirnaty, de Pfizer está aprobada para adultos de 65 años o más, así como para personas más jóvenes con mayor riesgo de padecer COVID-19 grave. En Uruguay la vacuna contra covid-19 que se está aplicando es la Comirnaty de Pfizer, carece del certificado de habilitación y venta de especialidad farmacéutica del MSP.

Alemania investiga la Comirnaty

El parlamento alemán conformó la comisión para la «Revisión de la pandemia Corona». En la audiencia del 19 de marzo el perito Helmut Sterz, antiguo toxicólogo jefe de Pfizer Europa, expuso ante la comisión datos relevantes sobre la autorización de emergencia que obtuvo la vacuna de ARNm Comirnaty de Pfizer/BioNTech en la pandemia de Covid-19. El video doblado al español está disponible en esta fuente.

Sterz reconoce que no se evaluó la carcinogenicidad de la vacuna antes de su autorización. Sobre el descenso en la natalidad en la población vacunada, refiere a que se había hecho un estudio en ratas pero en forma inadecuada: “Esto significó que no existían datos confiables sobre la eficacia de la vacuna sobre el embarazo o el desarrollo de los hijos. No se había aprendido nada de la tragedia de la Talidomida”. Y agrega: “El informe post comercialización de Pfizer mencionaba casos sospechosos de muerte en el plazo de apenas 2 meses después de su aprobación. Este fue el último momento en el que se debería haber retirado Comirnaty del mercado.” Reconoce que debido a que las notificaciones de los casos de muerte son espontáneas hay un subregistro importante debido a la falta de notificación y que para estimar la cifra real hay que multiplicar por 30. Además reconoce que “Comirnaty no se diseñó para prevenir casos de enfermedad grave o fallecimiento”.

Ante la pregunta “¿Disminuyó la mortalidad ajustada por edad en Alemania tras el inicio de esta campaña de vacunación?”, Sterz responde: “No. Las tasas de mortalidad aumentaron en 2021 y 2022 en comparación con 2020. Si la relación costo-beneficio hubiera sido favorable, la mortalidad habría sido menor, cuando la vacuna estuvo disponible a principios de 2021.”

Ante la pregunta “¿Recibió la población durante las campañas de vacunación el principio activo que Pfizer probó en el procedimiento abreviado de aprobación de emergencia?” Dr. Helmut Sterz responde: “No. Para las pruebas clínicas antes de la aprobación, se utilizó una sustancia altamente pura. Era demasiado caro para una producción masiva. La población recibió una vacuna que se produjo con ayuda de la bacteria Escherichia coli. El resultado es una contaminación significativa con ADN bacteriano, y esto podría suponer un aumento significativo del riesgo de cáncer.” Claramente esto constituye un fraude alevoso, pero no es la primera vez en la fabricación de vacunas. Antes sucedió con la antigripal, como informáramos al respecto. Por algo el contrato de adquisición de esta vacuna se mantiene confidencial más allá de la pandemia.

El fracaso evidente de esta vacuna explica por qué Pfizer no atrae voluntarios para ensayarla. Lo que no se entiende es por qué el parlamento uruguayo se niega a emular su par alemán, por todo lo ocurrido en la pandemia y en el marco del conflicto de interés que las autoridades actuales del MSP presentan en relación a esta vacuna, como reportamos en la publicación anterior.

Y como reflexión final, surge la duda de si los uruguayos que se vacunan con Comirnaty no estarán siendo participantes involuntarios del ensayo detenido en Estados Unidos. Hay antecedentes documentados. El ensayo de otra vacuna de Pfizer en embarazadas uruguayas sigue su curso sin que se haya cumplido la normativa vigente sobre investigación médica en seres humanos.


Vacunas, poder y silencio

Se lanzó la campaña de vacunación contra la gripe. Pero detrás del mensaje oficial hay algo más: se impulsa, al mismo tiempo, la vacunación contra COVID-19. No es casual. Es una decisión.

La propia directora de la Unidad de Inmunizaciones del Ministerio de Salud Pública (MSP), Dra. Catalina Pírez, lo deja claro en su discurso público: convoca a aplicarse ambas vacunas y justifica que no se requiera receta médica porque “son vacunas inactivadas”. El mensaje baja alineado, sin matices.

La vacuna contra COVID-19 que se administra es la Comirnaty, de Pfizer, de acuerdo al prospecto publicado por el MSP en su sitio web. El dato no es menor. Menos aún cuando el contrato con ese laboratorio sigue siendo confidencial. Sí: confidencial. El actual presidente denegó la información a una periodista.

Pero hay más. Mucho má$.

La Dra. Catalina Pírez no solo forma parte del organismo estatal que define y ejecuta la política de vacunación. También integra y ocupa un rol directivo en el Comité de Vacunas de la Sociedad Uruguaya de Pediatría (SUP) como informa el sitio web de dicho comité:

Es su tesorera. Y esa misma sociedad recibe financiamiento de Pfizer, como muestran las convocatorias a sus actividades académicas:

Es decir: quien recomienda, quien decide y quien participa en estructuras vinculadas a organizaciones financiadas por el proveedor… es la misma persona.

¿Conflicto de interés? Como mínimo, una situación que exige explicaciones claras. Eso se denomina transparencia.

La pregunta ya no es solo si vacunarse o no. La pregunta es otra: ¿quién decide y con qué intereses se sienta a en la mesa?

Vacunación sin ciencia, decisiones con conflicto de interés

El MSP anunció que ya llegó la nueva vacuna contra el virus del papiloma humano (VPH) y que desde la semana siguiente a la de Turismo estaría disponible en los vacunatorios.

La Dra. Catalina Pírez, entrevistada en su calidad de directora de la Unidad de Inmunizaciones del MSP por un canal de TV abierta, explicó quiénes la recibirían gratuitamente: principalmente las personas entre 11 y 26 años.

Tanto la ministra Dra. Cristina Lustemberg como la Dra. Catalina Pírez son pediatras afiliadas a la Sociedad Uruguaya de Pediatría (SUP), como surge de su padrón de afiliados al 2025. La infancia es la población que recibe más vacunas: 21 vacunas repartidas en 24 pinchazos en varias dosis repetidas entre el nacimiento y los 11 años.

La SUP recibe financiamiento de los fabricantes de vacunas, como surge de las publicaciones de sus actividades académicas que lucen al pie los logos de sus patrocinadores: GSK, Pfizer, Sanofi y Cibeles. Ver detalle aquí.

Como informáramos en una publicación anterior, la vacunación contra el VPH carece de sustento científico, porque esa infección de transmisión sexual no está incluida en el decreto 41/012 que establece la notificación obligatoria de ciertas enfermedades, como sí lo está la sífilis y el VIH. En otras palabras, no existe un registro sistemático de su incidencia en Uruguay y surgen interrogantes inevitables: ¿sobre qué base empírica se promueve la vacunación contra el VPH? Si se desconoce las personas con VPH, ¿qué sentido tiene la vacunación masiva contra VPH? ¿Cómo se evalúa su impacto? ¿Cómo se justifica su costo?

El objetivo de esta vacuna, como explica Pírez, es evitar ciertos cánceres con los cuales está asociado estadísticamente el VPH. Pero tampoco existen registros del impacto de esta vacuna en la incidencia del cáncer desde que se introdujo en Uruguay en 2007–2008.

Lo que esconde la política del MSP de vacunación masiva contra VPH es que sus autoridades presentan un serio conflicto de interés. En efecto, Lustemberg y Pírez participaron de la sesión de la Comisión Nacional Asesora de Vacunaciones (CNAV) del 20/8/2025 como surge del acta. Además Pírez participó de las sesiones del 10/10/2025 y 3/12/2025 en su calidad de directora de la Unidad de Inmunizaciones del MSP. El conflicto de interés surge porque además Pirez es la tesorera del Comité de Vacunas de la SUP, como informa el sitio web de dicho comité:

De modo que Pírez participa en la toma de decisiones públicas sobre vacunas mientras gestiona los recursos económicos de una estructura que recibe financiamiento de los laboratorios que se benefician de esas decisiones.

Cuando quienes diseñan la política sanitaria mantienen vínculos con los actores económicos que lucran con ella, la suspicacia es inevitable y la confianza pública se erosiona.

No es un detalle técnico. Es el corazón del problema: el MSP está siendo cogobernado por la $UP.

Toda la información OFICIAL sobre las vacunas uruguayas

El certificado Esquema de Vacunación de Uruguay (CEV) vigente está disponible en el sitio web del Ministerio de Salud Pública aquí.

La normativa vigente sobre vacunas en Uruguay, ver aquí.

Los fabricantes de vacunas proveen prospectos informativos, al igual que para los medicamentos despachados en farmacias. Los prospectos de las vacunas incluídas en el CEV están disponibles aquí. Los de las vacunas NO incluídas en el CEV, disponibles aquí.

Los fabricantes no reportan el efecto rebaño o de inmunidad colectiva en ninguno de los prospectos.

Los ESAVI están disponibles del 2010 al 2019, 2020 al 2023 y 2024.

La OMS informa que hay 19 países con sistemas de indemnización a los dañados por vacunas, que reconocen así que no son inocuas. El primero fue Alemania en 1961. El último fue Hungría en 2005. Uruguay no es uno de ellos. Ver aquí.

Los casos de vacunados que desarrollaron las enfermedades inmunoprevenibles contra las que se vacunaron y los fallecidos vacunados contra ellas, están en este informe.

El MSP está obligado a controlar la calidad de las vacunas por la Ley 9202 de 1934, artículo 2, inciso 5: «El Ministerio de Salud Pública contraloreará la preparación oficial y privada de sueros y vacunas.» Sin embargo no hay evidencia de ese control. Por el contrario, preguntado el MSP, sólo contestó con evasivas. Ver aquí.

El certificado de habilitación y venta de especialidad farmacéutica es un documento expedido por el MSP para cualquier medicamento disponible en el país. Los correspondientes a las vacunas fueron obtenidos por solicitudes de información al MSP. En la siguiente lista, está disponible el certificado correspondiente, si lo tiene. Hacer CLICK en la fecha de vencimiento:

Enfermedad inmunoprevenibleVacunaCondiciones de ventaVencimiento del certificado de habilitación
Covid-19ComirnatyINDICACIONES Y ESQUEMA DE VACUNACIÓN DEFINIDO POR LA UNIDAD DE INMUNIZACIONES del MSP11/12/2025
Difteria y tétanosno tiene certificado
Difteria, tétanos y tos convulsaAdacelBajo receta profesional08/11/2025
Difteria, tétanos, tos convulsa, hepatitis B y haemophilus influenza tipo B (Hib)(pentavalente)no tiene certificado
Difteria, tétanos, tos convulsa, hepatitis B, haemophilus influenza tipo B (Hib) y polio(hexavalente)no tiene certificado
Fiebre amarillaStamarilBajo receta profesional18/09/2025
Gripe 2026Flucelvaxno tiene certificado
Hepatitis AHEALIVEno tiene certificado
Hepatitis Bno tiene certificado
Meningitis A,C,W,X,YMenFIVEno tiene certificado
Meningitis BBexseroBajo receta profesional02/10/2029
NeumococoPrevenar 13VACUNA PARA LACTANTES Y NIÑOS.
BAJO RECETA PROFESIONAL EXCLUSIVAMENTE EN adolescentes y adultos
30/09/2021
NeumococoPneumovax 23Bajo receta profesional22/12/2022
PolioEupoliono tiene certificado
Sarampión, rubeola y paperas(SRP)no tiene certificado
Tuberculosis(BCG)no tiene certificado
VaricelaSKYVaricellano tiene certificado
VPHGardasil 4Bajo receta profesional01/11/2027
VPHGardasil 9Bajo receta profesional25/05/2028
VSRAbrysvoBajo receta profesional
con farmacovigilancia activa
11/06/2029

La Cartilla de Derechos y Deberes del Afiliado de cada prestador de salud no establece que la vacunación sea un DEBER para recibir asistencia. Ver detalle de cartillas de prestadores.

El MSP reconoce que no existe un formulario para rechazar la vacunación porque está comprendida en el derecho al previo consentimiento informado establecido en la Ley 18335, art.11, en esta resolución.

En el bienio 2024-2025 el MSP pagó Metas Asistenciales a los prestadores de salud que mostraron el cumplimiento del indicador 1.4) COBERTURA VACUNAL DEL ESQUEMA OBLIGATORIO que se detalla entre las páginas 17 a 22 del instructivo.


Propaganda y evidencia: dogma vs ciencia

El mantra “las vacunas salvan vidas” no es ciencia: es un acto de fé sostenido contra la evidencia. Es propaganda. ¿La prueba? Los propios datos del Ministerio de Salud Pública (MSP).

Lejos de confirmar el relato oficial, sus registros lo desmienten o, en el mejor de los casos, lo dejan sin sustento. Basta analizarlos para que aparezca lo que se oculta: contradicciones, vacíos y una evidencia incómoda que nunca llega al discurso público.

Ya es conocida la publicación oficial anual de los efectos adversos por vacunas o ESAVI (efectos supuestamente atribuídos a vacunación e inmunización) en el sitio web del MSP. Pero faltaba otro tipo de información no contabilizada como efecto adverso: los vacunados que enferman y hasta mueren por la misma enfermedad contra la que se vacunaron. Se creían protegidos ellos y creían que era un acto de solidaridad para cuidar a los demás.

Mediante un pedido de acceso a la información pública, solicitamos datos sobre las vacunas incluidas en el Certificado Esquema de Vacunación (CEV) y aplicadas en la población uruguaya durante el período 2019–2025. En particular, pedimos:

  1. la cantidad de casos de enfermedades inmunoprevenibles en personas vacunadas contra ellas, y
  2. la cantidad de fallecidos por esas mismas enfermedades en personas también vacunadas.

El CEV incluye 15 vacunas contra enfermedades inmunoprevenibles: tuberculosis, tétanos, difteria, tos convulsa, polio, sarampión, rubéola, paperas, hepatitis A, hepatitis B, haemophilus influenzae tipo B, meningitis tipo B, meningitis ACWXY, varicela y VPH.

La respuesta oficial, disponible públicamente, resulta elocuente pero también problemática. Los datos son difíciles de comparar: algunos registros abarcan únicamente un año, mientras otros cubren todo el período solicitado. Esta falta de uniformidad metodológica limita cualquier análisis serio, aunque no impide advertir ciertos patrones relevantes.

De los propios registros del MSP surge que personas vacunadas —adultos y niños— enfermaron de patologías contra las cuales supuestamente habían sido inmunizadas, y que incluso se registraron fallecimientos. Esto no debería sorprender: los propios fabricantes advierten en sus prospectos que las vacunas no garantizan protección absoluta. Sin embargo, el eslógan «las vacunas son seguras» excluye esa información del discurso público oficial.

Repasando las 15 vacunas y los datos proporcionados, se observa que sobre hepatitis A faltarían datos. Sobre difteria, polio y rubéola, el MSP informa que no se registran casos y por lo tanto no hay fallecidos. Y sobre el VPH reconoce que no existen datos porque no es una enfermedad de notificación obligatoria según el decreto 41/012. En otras palabras, no existe un registro sistemático de su incidencia en Uruguay. Esto abre interrogantes inevitables: ¿sobre qué base empírica se promueve la vacunación contra el VPH? ¿Cómo se evalúa su impacto? ¿Cómo se justifica su costo? Si se desconoce las personas con VPH y los fallecidos por VPH, ¿qué sentido tiene la vacunación contra VPH? ¿Cómo se evalúa el costo-beneficio de la vacuna entre su supuesto beneficio y los graves efectos adversos que genera a la persona vacunada?

Una posible respuesta es que la vacuna contra el VPH no pretende erradicar el VPH sino que apunta a prevenir ciertos tipos de cáncer, especialmente el cáncer de cuello uterino (CCU). Sin embargo, aquí aparece otra inconsistencia: el tradicional PAP para detectar el CCU ha sido reemplazado por el test de VPH para detectar la infección por el virus. Si se promueve activamente la detección de la infección mediante nuevas herramientas diagnósticas, debería existir también un sistema robusto de registro y seguimiento. De lo contrario, se genera una paradoja: se busca detectar lo que no se mide. Y además, ¡se debería tratar la infección por VPH para evitar el cáncer!

En definitiva, más que certezas, lo que emerge es un conjunto de vacíos, inconsistencias y decisiones difícilmente justificables desde una perspectiva de salud pública basada en evidencia sólida. Y surge la legítima suspicacia de quiénes son los que se benefician…


Promesas vacías y miedo inyectado:

El MSP agita la meningitis sin vacunas disponibles

Un mes antes de comenzar el año lectivo, a comienzos de febrero, el Ministerio de Salud Pública (MSP) anunció con bombos y platillos que este año vacunaría a menores de 11 años con TRES vacunas en las escuelas: la nueva vacuna contra el VPH, la antimeningocócica (MenFive®) y la triple bacteriana habitual.

Desde entonces advertimos que la escuela no es un vacunatorioy que cualquier intervención de este tipo requiere el consentimiento expreso de los padres. También alentamos a presentar una carta ante los centros educativos para desactivar en la plataforma GURI la opción oculta a los padres que habilita la vacunación en el ámbito escolar.

Ante la magnitud del anuncio, se solicitó información formal al MSP sobre aspectos básicos que deberían haber estado resueltos antes de cualquier comunicación pública: registro y habilitación de las vacunas, prospectos en español, evidencia sobre la seguridad de la coadministración, textos de consentimiento informado y datos precisos sobre stock, lotes, vencimientos y entregas previstas.

El 2 de marzo comenzaron las clases pero las vacunas faltaron sin aviso. La gente con contactaba preocupada por la falta de información. Por eso muchos se adelantaron a presentar la carta para desautorizar la vacunación en GURI.

Apenas dos semanas después, el 16 de marzo, falleció una escolar de cinco años por meningitis. Los titulares no se hicieron esperar: “Infectólogo Galiana exhortó a la vacunación contra el meningococo en niños y adolescentes tras caso de muerte de alumna de Escuela 182”.

Sin embargo…

Una semana después de esa tragedia, el 23 de marzo, la respuesta oficial del MSP confirmó lo que el anuncio inicial había omitido: no hay stock para cumplir con la vacunación prometida en las escuelas. La partida de la vacuna contra el VPH no ha llegado y la antimeningocócica ni siquiera tiene fecha de arribo. Es decir, la política fue anunciada sin respaldo logístico.

Frente a este vacío, el MSP reorientó la agenda hacia la vacunación antigripal, en una maniobra que parece buscar desplazar el foco del bochornoso incumplimiento en el ámbito escolar.

Mientras tanto, las familias que opten por cumplir la agenda vacunal de los menores de 11 años deben saber que la vacuna contra el VPH actualmente disponible en los vacunatorios es la tetravalente (no la nonavalente anunciada). La disponibilidad de triple bacteriana puede ser lo aceptable para muchas familias.

El cuadro es preocupante: anuncios grandilocuentes sin sustento, información incompleta y una ejecución irresponsable que queda muy por detrás de lo prometido. El resultado es más grave que un problema de comunicación: desde el año pasado se está generando alarma por el riesgo de muerte por meningitis mientras el propio sistema no cuenta con las vacunas necesarias para responder a la demanda de vacunas derivada de la preocupación generada a los padres por las mismas autoridades.

No es un problema de comunicación ni de percepción. Es una forma de irresponsabilidad sanitaria: advertir sobre un riesgo grave sin garantizar, al mismo tiempo, los medios materiales para enfrentarlo.

Lo político sobre lo científico

¡Se terminó el recreo!

Documentos oficiales recientemente publicados en Estados Unidos confirman que funcionarios de la Casa Blanca del gobierno de Biden maquillaron los informes del CDC sobre la seguridad de la vacuna contra el COVID-19 en enero de 2023, cambiando la descripción de «moderadamente elevado» a «ligeramente elevado» para el riesgo de accidente cerebrovascular, eliminando por completo las palabras «riesgo potencial».

Todo esto ocurrió mientras la misma administración impulsaba agresivamente la vacunación de refuerzo y acusaba públicamente a investigadores de salud independientes de difundir desinformación.

Esto está documentado. Y para quienes vivimos la censura coordinada de las plataformas digitales, es una confirmación que llega con todo el peso de la reivindicación por la desconfianza que manifestamos en su momento. Fueron años desfigurando la palabra «vacuna» en las redes para eludir la policía cibernética: los algoritmos sesgados.

La cronología de los hechos es demoledora. A principios de 2022, los CDC detectaron cientos de señales de seguridad para las vacunas originales contra la COVID-19 de Pfizer y Moderna en la base de datos VAERS. Las señales indicaban que las vacunas podían causar ciertos problemas de salud. En otoño de 2022, las autoridades estadounidenses autorizaron las vacunas de Pfizer y Moderna sin disponer de datos en humanos. La autorización se expidió con carácter de emergencia hasta hoy, ya que nunca tramitaron la definitiva. La vacuna se sigue vendiendo.

En noviembre de 2022 emerge la señal de alerta sobre el ictus isquémico. En lugar de comunicarlo de forma transparente al público, lo que siguió fue una operación editorial burocrática. Un correo electrónico interno del 12 de enero de 2023 confirma que funcionarios de la Casa Blanca habían revisado el informe del CDC y lo habían devuelto con modificaciones para minimizar la alarma pública, con la instrucción de que «no querían volver a ver este documento».

No se trataba de un desacuerdo científico. Se trataba de una intervención política en la comunicación sobre salud pública respecto a una señal de seguridad confirmada. Peor continuaron recomendando que los adultos mayores recibieran las vacunas contra la COVID-19 simultáneamente con las vacunas antigripales, la combinación precisa que luego se identificó como la causante del elevado riesgo de accidente cerebrovascular.

Posteriormente, en marzo de 2023, apareció una segunda señal de accidente cerebrovascular isquémico en la base de datos VAERS. Pero las autoridades federales la revisaron y declararon que no existía evidencia de problemas de seguridad. Un año después, en marzo de 2024, investigadores de la FDA confirmaron un riesgo elevado de accidente cerebrovascular no hemorrágico en personas mayores tras la vacunación, un riesgo que persistía específicamente entre quienes habían recibido la vacuna contra la gripe junto con la vacuna contra la COVID-19. El gobierno había recomendado esa combinación.

Desde la detección inicial de la señal de seguridad a finales de 2022 hasta al menos setiembre de 2024, las autoridades continuaron declarando que la vacuna era segura mientras, simultáneamente, ocultaban las pruebas que lo contradecían.

El detalle más indignante: la cancelación por decir la verdad

Mientras los funcionarios de la Casa Blanca suavizaban el lenguaje sobre el riesgo de sufrir un derrame cerebral, las autoridades convocaban conferencias de prensa nacionales acusando de «matar gente» a quienes compartían informes sobre las lesiones causadas por las vacunas y abogaban por la transparencia.

Documentos internos confirmaron posteriormente que la Casa Blanca, en coordinación con las grandes plataformas tecnológicas, orquestó una campaña sistemática para eliminar de las redes sociales contenido sobre daños causados ​​por las vacunas. Se trató de suprimir información médica verificada; información que, de haber llegado al público, podría haber cambiado las condiciones para millones de personas, incluidos los adultos mayores que ahora se sabe que enfrentaron un mayor riesgo de sufrir un derrame cerebral debido a la combinación de vacunas que se estaba promocionando agresivamente en ese preciso momento.

El Código de Núremberg existe por una razón: el consentimiento informado para la experimentación en humanos no es una cortesía, sino un principio fundamental de la ética médica y los derechos humanos. Lo que se llevó a cabo aquí fue su violación sistemática, coordinada entre agencias gubernamentales, plataformas privadas e instituciones académicas, con el propósito vacunar con un producto experimental a expensas de la información sobre la seguridad del paciente.

La operación de los influencers

Lo que hace aún más reprobable el encubrimiento del derrame cerebral por parte de la Casa Blanca es que la supresión de datos de seguridad no fue meramente pasiva. Se llevó a cabo en paralelo con una agresiva operación de propaganda financiada con los impuestos de los ciudadanos, diseñada para anular cualquier señal contraria.

Los documentos revelan que los CDC reclutaron activamente a celebridades e influencers de redes sociales para promover las vacunas como inequívocamente seguras y efectivas. Además se les alentó a ridiculizar y avergonzar a quienes planteaban dudas, presentando las preocupaciones legítimas como peligrosas teorías conspirativas.

Los CDC habían obtenido acceso secreto a un portal de contenido de Twitter para marcar y eliminar publicaciones que no se ajustaban a la narrativa del gobierno. El Proyecto de Viralidad de Stanford, que operaba con el respaldo de la Agencia de Seguridad de Infraestructura y Ciberseguridad, marcaba y suprimía simultáneamente relatos de primera mano sobre lesiones causadas por vacunas, no porque fueran falsos, sino precisamente porque eran veraces y capaces de generar lo que los funcionarios denominaron «reticencia a la vacunación».

El gobierno pagaba a personas influyentes para que les dijeran a los jóvenes que las vacunas no presentaban riesgos. Luego eliminaba en secreto las cuentas de quienes reportaban lesiones que esos mismos jóvenes sufrían.

Más inquietante aún: los documentos revelan que los CDC estaban explorando cómo vacunar a los niños incluso cuando un padre no estaba presente, en un momento en que el riesgo de miocarditis en varones jóvenes por las vacunas de ARNm ya era una preocupación documentada en los sistemas de monitoreo federales.

Esto no fue una campaña de salud pública. Fue una operación de control, que utilizó la maquinaria de los medios de comunicación modernos, los fact-checkers, la cobertura de las instituciones académicas y el alcance coercitivo del gobierno de Estados Unidos para fabricar una realidad contraria a los datos que sus propias agencias generaban.

Mark Zuckerberg reconoció públicamente que Facebook fue presionado por el gobierno para censurar contenido. Sin embargo, este reconocimiento no repara el daño. Se afectaron vidas de familias que fueron engañadas al creer que la vacuna era segura, justo cuando los propios científicos del gobierno estaban monitoreando en tiempo real una señal de accidente cerebrovascular. Se persiguió a quienes denunciaron irregularidades. Las personas afectadas fueron manipuladas psicológicamente; sus testimonios y experiencias fueron sistemáticamente etiquetados como desinformación por el mismo aparato institucional que, internamente, era consciente de las señales que reflejaban dichas experiencias. Y ocultándolas a sabiendas, era el desinformador por excelencia.

Para tener en cuenta

Aún en la actualidad se siguen aplicando conjuntamente las vacunas anticovid19 y antigripal, incluso a las embarazadas, a pesar del riesgo documentado desde la pandemia.

¿Qué debe suceder ahora?

Nos tacharon de “especie de espoleta peligrosa que deambula por las calles” mientras los líderes a nivel global ocultaban información arruinando millones de vidas. Más que nunca esto amerita la investigadora del Poder Legislativo uruguayo para determinar las responsabilidades de las autoridades locales, incluído el GACH y la CNAV (Comisión Nacional Asesora de Vacunaciones), por ocultar a sabiendas información relevante y todos desinformadores por excelencia. Recordamos el sincericidio del Dr.Juan Gil, integrante de ambos ¡porque es la evidencia de que sabían y ocultaron información acerca de los componentes de las vacunas contra COVID-19!

El conocimiento prohibido

La larga lucha por la transparencia en la investigación biomédica y contra la censura editorial

Durante gran parte del siglo XX, la investigación biomédica se desarrolló bajo un modelo editorial relativamente opaco. Los resultados de los ensayos clínicos dependían casi exclusivamente de la decisión de investigadores, patrocinadores o revistas para ser publicados. Con el tiempo se hizo evidente que este sistema podía producir distorsiones importantes: estudios negativos que nunca se publicaban, resultados reportados de manera selectiva o evidencia dispersa difícil de evaluar en conjunto.

Los horrores de la experimentación médica durante la Segunda Guerra Mundial y la posterior formulación del Código de Núremberg (1947) establecieron principios éticos fundamentales: consentimiento informado, respeto por los sujetos y obligación de que la investigación tenga un propósito beneficioso. Sin embargo, casos como el estudio de Tuskegee (1932–1972) —donde se observó a hombres afroamericanos con sífilis sin ofrecer tratamiento efectivo— muestran que incluso décadas después, los principios éticos podían ser ignorados, y que la opacidad y el sesgo podían tener consecuencias graves para la salud de poblaciones enteras.

A partir de la década de 1970 comenzaron a surgir iniciativas destinadas a mejorar la calidad metodológica de la investigación clínica y, sobre todo, a aumentar la transparencia del sistema científico biomédico. Estas iniciativas —provenientes de investigadores, revistas, organizaciones independientes y movimientos de ciencia abierta— han ido creando progresivamente mecanismos para hacer visible la evidencia completa y reducir el sesgo de publicación.

Cronología de las iniciativas
En 1972 el epidemiólogo británico Archie Cochrane publicó el libro «Effectiveness and Efficiency» donde señalaba que gran parte de los tratamientos médicos utilizados en la práctica clínica no se basaban en evidencia científica rigurosa. Este libro suele considerarse uno de los puntos de partida intelectuales de lo que más tarde se conocería como medicina basada en evidencia.

En 1981 se fundó la revista independiente Prescrire, dedicada a la evaluación crítica de medicamentos mediante el análisis de su balance beneficio-riesgo. Con el tiempo se convirtió en uno de los primeros observatorios independientes de la industria farmacéutica.

En 1993 se creó la Cochrane Collaboration, con el objetivo de promover revisiones sistemáticas y metaanálisis de todos los ensayos clínicos disponibles. La iniciativa buscaba evitar decisiones clínicas basadas en estudios aislados o seleccionados de forma parcial.

En 1996 se publicaron las primeras guías CONSORT (Consolidated Standards of Reporting Trials), destinadas a mejorar la calidad del reporte de los ensayos clínicos aleatorizados. Estas guías introdujeron estándares internacionales para describir el diseño, la metodología y los resultados de los estudios clínicos.

En el año 2000 se estableció el registro público de ensayos clínicos ClinicalTrials.gov, con la exigencia de registrar los estudios antes de su inicio. El objetivo era reducir el llamado sesgo de publicación: la desaparición de ensayos con resultados negativos o no favorables.

En 2003 se publicaron las guías STROBE (Strengthening the Reporting of Observational Studies in Epidemiology), destinadas a mejorar la transparencia y calidad del reporte de estudios observacionales en epidemiología.

En 2003 estalló la controversia sobre el uso de antidepresivos en adolescentes. Investigaciones regulatorias mostraron que varios ensayos clínicos con resultados negativos o con señales de riesgo no habían sido publicados. El episodio puso de relieve el problema del sesgo de publicación en la industria farmacéutica.

En 2004 se retiró del mercado el antiinflamatorio Vioxx, producido por Merck & Co., después de evidencias de aumento del riesgo cardiovascular asociadas al medicamento. El caso se convirtió en uno de los mayores escándalos farmacéuticos de la historia reciente y reforzó la demanda de mayor acceso a losdatos completos de los ensayos clínicos.

En 2005 varias grandes revistas médicas comenzaron a exigir el registro previo del ensayo clínico como requisito para publicar resultados. Esta política fue impulsada por el International Committee of Medical Journal Editors.

En 2007 se aprobó en Estados Unidos la ley FDA Amendments Act, que estableció la obligación legal de registrar ensayos clínicos y reportar resultados en ClinicalTrials.gov para muchos estudios financiados o regulados por la Food and Drug Administration (FDA).

En 2009 se publicaron las guías PRISMA (Preferred Reporting Items for Systematic Reviews and Meta-Analyses) que estandarizaron el reporte de revisiones sistemáticas y metaanálisis.

En 2010 investigadores de Cochrane Collaboration iniciaron una larga disputa científica con Roche para acceder a los datos completos de los ensayos clínicos del antiviral Tamiflu comercializado el año anterior durante la pandemia por la gripe H1n1. Tras varios años de presión científica y mediática, parte de los informes regulatorios fueron finalmente liberados, revelando discrepancias entre los datos completos y las publicaciones originales.

Ese mismo año se creó el sitio Retraction Watch, dedicado al seguimiento sistemático de retractaciones científicas. El proyecto monitorea artículos retractados, fraude científico y errores graves en publicaciones.

En 2013 se lanzó la campaña AllTrials, impulsada por investigadores y organizaciones médicas, que exige el registro de todos los ensayos clínicos, la publicación de todos los resultados y el acceso a los datos completos de los estudios.

En 2014 la Open Knowledge Foundation lanzó el proyecto OpenTrials, destinado a integrar en una base de datos abierta registros de ensayos, artículos científicos e informes regulatorios.

En 2015 surgió la RIAT Initiative (Restoring Invisible and Abandoned Trials), cuyo objetivo es recuperar ensayos clínicos abandonados o mal reportados. La iniciativa busca publicar ensayos nunca divulgados, corregir estudios reportados de forma incompleta y acceder a los datos que permanecen invisibles para la comunidad científica.

Entre 2018 y 2020 se expandió el movimiento de ciencia abierta. Se consolidaron prácticas como el acceso abierto a publicaciones, los repositorios de datos y los servidores de preprints, que permiten que los estudios circulen antes de la revisión editorial tradicional.

La historia de estas iniciativas muestra que la transparencia en la investigación biomédica no surgió como una evolución natural del sistema científico, sino como respuesta a problemas reiterados de opacidad, sesgo de publicación y acceso restringido a los datos. Desde las advertencias de Archie Cochrane hasta las campañas contemporáneas por el acceso abierto a los datos de los ensayos clínicos, cada una de estas iniciativas intenta corregir una limitación estructural del sistema editorial: su capacidad para examinar críticamente lo que se publica, pero evidencia su dificultad para detectar lo que nunca llega a publicarse.

La inquisición del siglo XXI

En 2025 el abogado Aaron Siri presentó testimonio ante el Senado de Estados Unidos para reportar la existencia de un estudio patrocinado por Henry Ford Health System que comparaba la salud de niños vacunados y no vacunados a corto y largo plazo. El estudio encontró que la vacunación estaba asociada con un aumento de 2,5 veces en la probabilidad de desarrollar una afección crónica en comparación con los niños no vacunados, incluyendo asma, enfermedades atópicas, trastornos autoinmunes, problemas de salud mental y trastornos del neurodesarrollo —entre ellos retraso del desarrollo y trastornos del habla—.

Pese a tratarse de un estudio bien diseñado, el trabajo nunca fue publicado debido a presiones internas. Los autores Lamerato y Zervos reconocieron que no lo publicaron porque, entre otras razones, la Dra. Lamerato no quería incomodar a los médicos y el Dr. Zervos no quería perder su trabajo en Henry Ford. Según Siri “Si este estudio hubiera demostrado que los niños vacunados eran más sanos, no me cabe duda de que se habría publicado rápida y fácilmente. No se envió para su publicación precisamente porque arrojó el resultado opuesto.”

Este episodio ilustra un fenómeno particularmente difícil de rastrear: el conocimiento que nunca llega a ingresar en la literatura biomédica. Cuando un estudio no se publica, no puede ser revisado por pares, criticado, replicado ni incorporado a metaanálisis o revisiones sistemáticas. En cambio, los mecanismos para detectar lo que nunca se publica son mucho más débiles o hasta inexistentes.

En contraste, la retractación en The Lancet del artículo de Andrew Wakefield, que reportaba efectos adversos graves asociados a la vacuna triple viral, se convirtió en uno de los episodios más citados de corrección científica. Wakefield fue posteriormente sancionado y expulsado del ejercicio médico en el Reino Unido. Como si fuera la reencarnación de Galileo Galilei.

El caso de Andrew Wakefield resulta más que elocuente por las repercusiones hasta hoy. Su trabajo en 1998 tocaba intereses económicos sensibles, y estas tensiones contribuyeron a su cancelación en 2010. El caso fue tan ejemplarizante que, diez años después, en 2020 los investigadores Lamerato y Zervos concluyeron su estudio que nunca se animaron a publicar. ¿Cuántos estudios relevantes permanecen ocultos por temor a represalias similares a las sufridas por Wakefield?

La comparación sugiere una paradoja del sistema editorial biomédico: publicar abre la puerta al escrutinio, la crítica y eventualmente a la sanción; no publicar, en cambio, mantiene los resultados fuera del debate científico y a espaldas de los consumidores para perpetuar mantras anticientíficos como «las vacunas salvan vidas«.

Publicar expone.
Omitir encubre.
Descubrir libera.