Epidemias inventadas: tifus, Covid19 y sarampión

En los años más oscuros de la ocupación nazi en Polonia, cuando la vida cotidiana estaba marcada por el miedo y la represión, un médico de provincia ideó una estrategia tan audaz como insólita. El Dr. Eugeniusz Łazowski, pediatra y miembro de la resistencia, convirtió la ciencia en un arma silenciosa contra el terror alemán: una epidemia ficticia de tifus que jamás existió, pero que salvó miles de vidas.

El miedo como escudo

El tifus había devastado Europa durante la Primera Guerra Mundial, matando a millones. Se propagaba por piojos, prosperaba en condiciones de hacinamiento y diezmaba ejércitos.

En la Segunda Guerra Mundial los nazis tenían órdenes estrictas:

Si aparecía el tifus…

Cuarentena inmediata.

Cero contacto.

Nadie entra.

Cero deportaciones.

El tifus era la pesadilla de los nazis. En Alemania había sido erradicado, y las tropas temían contagiarse en los territorios ocupados. Łazowski, junto a su colega Stanisław Matulewicz, descubrió que podían manipular la prueba de Weil-Felix inyectando bacterias inofensivas. El resultado: pacientes que parecían infectados sin estarlo.

Pronto, los pueblos de Rozwadów y alrededores comenzaron a mostrar un alarmante número de “positivos”. Los informes médicos hablaban de un brote epidémico. Los alemanes, aterrados, decretaron cuarentenas y evitaron entrar en contacto con la población. Lo que en realidad ocurría era un engaño cuidadosamente orquestado.

Una visita peligrosa

La tensión alcanzó su punto máximo cuando médicos militares alemanes llegaron para inspeccionar. Łazowski organizó la visita con precisión quirúrgica: los oficiales solo vieron a pacientes debilitados por otras enfermedades, reforzando la ilusión de una epidemia. El engaño funcionó. Los nazis se retiraron convencidos de que el tifus se propagaba, y la zona quedó “protegida” por el miedo.

El saldo humano

Gracias a esta ficción médica, más de 8.000 personas escaparon de deportaciones, trabajos forzados y ejecuciones. Hoy existen árboles genealógicos enteros. Hijos. Nietos. Vidas que nunca debieron ocurrir.

Łazowski arriesgó su vida en cada paso: si los nazis descubrían la verdad, la condena era inmediata. Sin embargo, la mentira se sostuvo hasta el final de la guerra. La “epidemia fantasma” quedó en la memoria como una de las más ingeniosas formas de salvar vidas durante el Holocausto.

Cuando la mentira viene de arriba

Manipular una prueba diagnóstica para fabricar una epidemia suena lejano… hasta que deja de serlo. Lo que en la Polonia ocupada fue un acto desesperado de resistencia contra un régimen genocida, décadas más tarde reapareció bajo una forma inquietantemente distinta: no para salvar, sino para disciplinar.

Kary Mullis (Premio Nobel de Química 1993) nunca diseñó el PCR como una prueba de diagnóstico. Y advirtió que la detección de material genético amplificado no equivale a un diagnóstico médico, ni permite inferir por sí sola evidencia de enfermedad activa. Según el propio bioquímico, creador del PCR (Polymerase Chain Reaction), sería un mal uso del PCR afirmar que tiene un significado clínico, ya que permitiría el error de amplificar algo muy insignificante y pequeño para darle una importancia que no tiene.

Sin embargo, el PCR fue usado como prueba de diagnóstico y con ciclos amplificados hasta producir falsos positivos masivos durante la denominada “pandemia Covid19”. No fue un error técnico inocente, sino una decisión política a contrapelo de la ciencia, con consecuencias concretas: confinamientos forzados, coerción social, censura y miedo administrado que redundó en pérdida de derechos. La falsa prueba se convirtió en un instrumento de control social, de sometimiento, haciendo realidad un escenario que pareció más bien de una novela distópica.

El Premio Nobel que lo creó hubiera desaprobado su uso como supuesto método de diagnóstico. Kary Mullis descalificó fuertemente al influyente Anthony Fauci, figura central de la autoridad sanitaria en Estados Unidos durante la crisis Covid, declarando que es un verdadero ignorante, que no entiende ni microscopía ni medicina. De forma llamativa, “casualmente”, Kary Mullis muere justo antes de la crisis Covid, en agosto de 2019.

La diferencia entre la prueba de Weil-Felix y la del PCR es moral y política: Łazowski mintió para proteger a los indefensos de un poder criminal. El Estado uruguayo comunicó y sostuvo afirmaciones anticientíficas que no se correspondían con la realidad, con el objetivo de imponer obediencia, sin debate público, sin proporcionalidad y sin rendición de cuentas.
Estas decisiones no fueron el resultado de una sola persona, sino de una estructura institucional que incluyó a la Presidencia, al Ministerio de Salud Pública y a los órganos de asesoramiento científico creados a tal efecto, cuyas recomendaciones fueron presentadas como incuestionables. La responsabilidad, tanto por acción como por omisión, contó además con la complicidad política de la oposición del momento, al punto que el Parlamento actual rechazó en bloque la constitución de una comisión investigadora sobre la gestión de la llamada “emergencia sanitaria”, en una clara conspiración contra la verdad.

Un nuevo brote conveniente

Hoy, en Río Negro, Uruguay, asistimos a otro capítulo de esta lógica perversa: el brote fantasma de sarampión. No se ha informado sobre la supuesta prueba de laboratorio que confirma el diagnóstico clínico de esta enfermedad respiratoria. Un enemigo sanitario convenientemente amplificado, útil para reinstalar el miedo, justificar medidas excepcionales, vacunar y reactivar una narrativa que ya demostró su eficacia: la del peligro invisible que exige sumisión inmediata.

Spoiler

Y para el año que viene el MSP ya anunció que adelantará la campaña de vacunación de la gripe para marzo. Cuando en la pandemia Covid19, la gripe había desaparecido, ahora vuelve recargada: A(H3N2).

Cuando el miedo se fabrica desde el poder, ya no estamos ante salud pública. Estamos ante bioterrorismo de Estado.

La historia de Łazowski nos deja una advertencia incómoda: las epidemias pueden ser inventadas. La pregunta no es si es posible, sino quién miente, para qué y contra quién.


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