La asociación OPS-OMS organiza webinars para el personal de la salud de sus estados miembros que luego difunde como material “formativo”. El webinar del 21/11/2025 se titulaba “Mantener la confianza: cómo los trabajadores de la salud pueden identificar y responder a la desinformación sobre las vacunas”. Vale la pena verlo, no por lo que denuncia, sino por lo que revela. Al conocer las estrategias que dicen combatir queda en evidencia algo incómodo: son exactamente las mismas que ellos utilizan.
Uno de los ejes centrales en el que hicieron foco es el “rol clave” del personal de salud, porque la población confía en él. El posicionamiento de OPS es apropiarse de la verdad y erigir al personal de la salud en los profetas de ella. Traducción sin eufemismos: explotar el sesgo de autoridad como herramienta de persuasión. No informar, no debatir, no transparentar riesgos: convencer desde la asimetría.
Definen desinformación como información falsa creada deliberadamente para confundir y erosionar la confianza en las vacunas, las instituciones y la ciencia. Curioso, porque enumeran patrones utilizados por los pro vacunas. Veamos el detalle:
- “Apelación al miedo a los componentes y efectos adversos”: pandemia, viruela del mono, dengue, sarampión y ya anuncian la nueva gripe 2026.
- “Teorías conspirativas”: señalan comunidades por supuestos mandatos religiosos contra la vacunación.
- “Distorsión de datos científicos”: millones de muertes evitadas gracias a las vacunas sin respaldo metodológico.
- “Citas fuera de contexto”: “las vacunas son seguras” ocultando que los ensayos clínicos no usan placebos inertes.
- “Falsa autoridad”: abuso explícito del prestigio médico.
- “Exagerar daños, minimizar beneficios”: asustan con enfermedades y niegan la inmunidad natural.
- “Falacias lógicas”: el mito del efecto rebaño, ausente en cualquier prospecto de vacuna.
- “Intereses económicos que promueven tratamientos alternativos o naturales”: la Sociedad Uruguaya de Pediatría recibe financiamiento de los laboratorios y determina desde la Comisión Nacional Asesora de Vacunas del MSP el aumento de vacunas para su mercado cautivo, la infancia, el grupo etario más vacunado. La OMS está financiada por los fabricantes de vacunas y la OPS negocia con ellos para proveerlas a países como Uruguay.
El disertante admite que “la vacunación se volvió un tema politizado”, sin reconocer que son ellos quienes ideologizan la libertad, llamando antivacunas a quienes ejercen su derecho del consumidor a rechazar un producto. No mencionan registros de eventos adversos, ni sistemas legales de indemnización. Silencio absoluto.
Presentan a Bolivia Verifica, aliado de la OPS, para “combatir desinformación”. Enseñan a desconfiar de mensajes sin autor, fecha o fuente, mientras califican de “bulo” que las vacunas contengan restos de fetos abortados, cuando esa información figura en los propios prospectos. La fuente más oficial posible. Señalan las faltas ortográficas como señal de mensaje no confiable y ellos en su flyer escriben «dsinformación«. Ver el original aquí.
Magnifican el “peligro” de la desinformación mientras persiste la censura en redes contra cualquier cuestionamiento al relato oficial desde la pandemia. Y remiten a los factcheckers como Bolivia Verifica.
Y para cerrar, ante una pregunta sobre autismo de uno de los participantes, vuelven al comodín Wakefield (1998), ignorando deliberadamente que el CDC había actualizado su información dos días antes reconociendo la ausencia de estudios que descarten vínculo causal entre el autismo y las vacunas. Es obvio el boicot institucional a la gestión de Kennedy como ministro de salud de USA, que además se retiró de la OMS.
Entonces…
La pregunta es inevitable: ¿quién desinforma a quién? Si bien el webinar presenta la definición del concepto «desinformación» lo usa intencionalmente con otro sentido: como etiqueta de control.
Desde la lógica elemental:
• Que una afirmación contradiga la versión oficial no la convierte en falsa.
• Que una institución tenga autoridad no la vuelve incorruptible.
• Que algo sea “consenso” no lo vuelve verdadero (falacia ad populum institucional).
El uso del término desinformación por OPS invierte la carga de la prueba:
• El poder no demuestra que algo sea falso.
• El disidente debe demostrar que no es desinformador, bajo reglas impuestas por el propio poder.
¿Qué es realmente “desinformación” en este uso? En la práctica, hoy el término funciona así:
• No describe un error factual comprobado.
• No exige contraste empírico transparente.
• No admite discusión simétrica.
Funciona como:
• Etiqueta moral
• Sello de ilegitimidad
• Advertencia social
• Pretexto para censura o marginación.
En cualquier disputa, ambos bandos pueden acusar al otro de “desinformar”. La diferencia está en quién tiene el poder de imponer la etiqueta como verdad oficial. Esto no es ciencia. Ni racionalidad. Es gestión política del sentido.
Conclusión
Cuando la “desinformación” deja de definirse por la falsedad demostrable y pasa a definirse por la desobediencia al relato oficial, ya no estamos ante un problema comunicacional, sino ante un dispositivo de poder. No se busca corregir errores, sino disciplinar voces. No se protege a la población, se la tutela. En este esquema, la verdad no emerge del contraste de evidencias, sino de la jerarquía de quien habla. Y así, la ciencia —que vive del debate, la duda y la refutación— es degradada a dogma administrativo. La pregunta entonces se vuelve urgente y política: si desinformar es disentir, ¿quién controla al que controla la verdad? Entender este mecanismo no es paranoia ni negacionismo: es el primer paso para defender el pensamiento crítico frente a la propaganda con sello institucional.
Para ver el webinar, acceder a la fuente AQUÍ.











