En un informe anterior analizábamos el carácter mágico atribuido a la prevención, en particular el de las vacunas presentadas como un agua bendita capaz de prevenir infecciones mortales. El mantra “las vacunas salvan vidas” parece un conjuro que nos convierte en inmortales.
También cuestionábamos el problema ético para demostrar que una vacuna es eficaz.
¿Cuál es el verdadero efecto de la vacunación?
La vacunación estimula el sistema inmunitario para desarrollar anticuerpos contra un patógeno. Esto significa que las vacunas no “previenen”, sino que intervienen el sistema inmunitario para inducir la producción de anticuerpos con capacidad de neutralizar o eliminar el agente infeccioso.
Esto es: la vacunación no es más que un tratamiento destinado a revertir una carencia o insuficiencia inmunitaria, que representaría la patología a tratar.
Algo parecido ocurre cuando se inyecta insulina a una persona diabética. Pero, en ese caso, primero se mide la glucemia —el azúcar, por analogía con el patógeno— para determinar la dosis de insulina que se debe administrar y así corregir la insuficiencia insulínica que está detrás de la hiperglucemia, equivalente, en esta analogía, a una colonia de patógenos que habría que combatir. Del mismo modo, antes de administrar un antihipertensivo, se mide la presión arterial para determinar si es necesario intervenir y orientar el tratamiento.
Si la vacunación interviene una insuficiencia inmunitaria, surge una pregunta elemental: ¿cómo se establece esa insuficiencia? ¿Se diagnostica? ¿Se evalúa la situación inmunitaria de la persona antes de intervenir? ¿O se presume que todos necesitan la misma cantidad de dosis, con independencia de su estado?
En medicina, la decisión de tratar a una persona no debería basarse únicamente en la existencia de un medicamento capaz de modificar una variable biológica. Primero se evalúa su estado, se diagnostica, se determina si existe una necesidad terapéutica y se ponderan los beneficios y los riesgos del tratamiento.
¿Por qué habría de abandonarse este principio de racionalidad cuando se trata de intervenir sobre el sistema inmunitario?
La vacunación también requiere evaluar la necesidad individual. Es decir: antes de aplicar una vacuna habría que determinar el grado de carencia o insuficiencia inmunitaria para establecer la necesidad de intervenir y cuántas dosis se justifican.
La existencia de anticuerpos puede medirse. Entonces ¿por qué administrar una vacuna sin comprobar primero si la persona ya cuenta con el nivel de anticuerpos que se pretende conseguir?
Una intervención en personas sanas no se vuelve inocua por llamarla preventiva. La vacunación puede ocasionar efectos adversos, como cualquier intervención médica. Y si la intervención es innecesaria y provoca un daño, entonces estamos ante un caso de iatrogenia.
Intoxicación por sobredosis vacunal
Si una persona ya dispone de inmunidad frente al agente infeccioso, ¿qué justifica la estimulación inmunitaria? ¿No plantea esto el problema de una posible sobredosis inmunológica?
La estimulación inmunitaria no está exenta de riesgos: puede desencadenar reacciones adversas, incluidas respuestas inflamatorias, reacciones de hipersensibilidad y, en determinados casos, fenómenos autoinmunes.
A propósito de la reacción hiperinmune recordemos lo que nos advertía el Dr. Daniel Salinas durante la pandemia, mientras indicaba la vacunación a los que habían padecido la enfermedad:
Ahora bien, de personas recuperadas de covid19 se extrajo plasma hiperinmune para inyectarlo a los que estaban padeciendo la enfermedad. Es decir: los recuperados de covid19 eran vacunas vivientes; sus organismos producían anticuerpos que podían extraerse y utilizarse para tratar a otros enfermos. Ver noticia.
¿Qué sentido tenía vacunar a una persona recuperada de covid19 si su organismo producía anticuerpos, tanto para sí misma como para otras personas?
Aún así los mandaron vacunar, a pesar del riesgo potencial de sufrir una reacción adversa a la vacuna.
Ahora bien, padecer la enfermedad covid19 no genera inmunidad; muchas personas la padecieron varias veces. Entonces ¿qué inmunidad otorga la vacuna?
“Me vacuné y me enfermé”
Otro riesgo potencial de la vacunación es la enfermedad potenciada asociada a la vacuna. Es un fenómeno en el que una persona vacunada, al infectarse posteriormente con el patógeno contra el que está vacunada, puede desarrollar una enfermedad más grave que la que habría desarrollado sin esa vacunación. Sin embargo el médico lo atribuye a una cepa diferente a la formulada en la vacuna….
El principio propuesto es sencillo: no presumir la necesidad de una intervención cuando esa necesidad puede evaluarse previamente para decidir en función del equilibrio costo-beneficio.
Medir, justificar y ponderar los riesgos antes de intervenir el cuerpo de una persona constituye un derecho básico del consumidor de productos y servicios de salud.
No a la magia: antes de vacunar, hay que demostrar por qué y para qué.
