Profetas de la anticiencia

Se promueve la vacunación como prevención de las enfermedades transmisibles. “Las vacunas salvan vidas” es el mantra o conjuro como si de una suerte de agua bendita se tratara para librarnos de la enfermedad y de la muerte.

Pero ¿qué significa realmente prevenir?

Prevenir es actuar antes de que ocurra un evento, con el propósito de evitarlo o reducir la probabilidad de que ocurra. La prevención opera sobre el riesgo y no sobre la ocurrencia del evento.

Usar el cinturón de seguridad, por ejemplo, evita que una persona sea eyectada de su asiento cuando el sistema de transporte en el que está sujeta experimenta una aceleración o desaceleración brusca. No tiene nada que ver con la medicina que asiste a los accidentados. Tiene que ver sólo con las condiciones de seguridad con que se fabrican y utilizan los sistemas de transporte.

¿Qué ocurre con las vacunas?

Tomemos como ejemplo Bexsero, la vacuna contra el meningococo B que se aplica en los bebés uruguayos. En el prospecto del fabricante publicado en el sitio web del MSP se describen estudios en los que se obtuvieron muestras de sangre antes de la primera dosis y posteriormente, una vez completado el esquema, para determinar los niveles de anticuerpos bactericidas y comparar la situación previa con la respuesta inmunológica obtenida después de la vacunación.

Es decir, la medición de una característica inmunológica es considerada relevante para la protección frente al patógeno. La vacunación provoca una respuesta inmunológica y los ensayos miden esa respuesta, mediante la determinación de anticuerpos bactericidas.

Entonces las vacunas no previenen nada. Son tan solo un tratamiento contra una carencia o insuficiencia inmunitaria. El tratamiento (vacuna) prepara el sistema inmune para que reaccione cuando se enfrente a determinados agentes infecciosos.

Pero esta forma de probar la eficacia de una vacuna está traída de los pelos, porque no prueba que el vacunado no contraerá la enfermedad ni la padecerá.

¿Cómo es esto?

Hay una diferencia conceptual entre tratar una enfermedad ya presente y prevenir una enfermedad que todavía no ocurrió.

Valoramos un tratamiento como eficaz cuando el estado del paciente mejora: desaparecen o disminuyen los síntomas, se recuperan funciones o se modifica favorablemente su estado de salud. En definitiva, cuando pasamos del estado enfermedad al saludable y recuperamos la calidad de vida.

Pero con la vacunación, todo eso no ocurre. La persona vacunada está sana de la enfermedad contra la que se vacuna. Si la vacuna cumple su supuesto cometido, la persona jamás tendrá la experiencia de lo que supuestamente previno. Generar o aumentar los anticuerpos no constituye por sí mismo un cambio clínico vivible en la vida de una persona sana. El supuesto beneficio consiste precisamente en que algo no suceda.

Para demostrar directamente el beneficio de la vacunación habría que observar qué ocurre cuando la persona vacunada se enfrenta al agente infeccioso. Pero esa prueba no puede hacerse deliberadamente: sería antiético exponer a los vacunados al agente infeccioso para contabilizar cuántos contraen la infección o desarrollan la enfermedad. ¿Y si la vacuna no funciona?

Es una diferencia fundamental respecto de probar un medicamento destinado a curar a un enfermo.

No sería éticamente aceptable darle a un paciente con cáncer un placebo simplemente para comprobar si otro paciente, tratado con el medicamento experimental, se cura. Del mismo modo, no sería aceptable provocar deliberadamente la exposición de una persona sana a un agente infeccioso para comprobar si la vacuna la protege.

En el primer caso, sin embargo, el efecto terapéutico puede observarse directamente en el propio paciente: el tumor disminuye, desaparece la enfermedad, mejoran los síntomas o se recuperan funciones. En el segundo, el supuesto beneficio preventivo es necesariamente contrafáctico: la persona nunca puede saber experimentalmente si habría enfermado de no haber sido vacunada.

Y allí aparece el problema que nos interesa: ¿cómo se demuestra aquello que nunca puede observarse directamente en el individuo?

Entonces, ¿cómo se pasa de medir anticuerpos a afirmar que se ha prevenido una enfermedad y evitado la muerte? Mediante una inferencia. Se mide una respuesta inmunológica y se la convierte en un supuesto indicador de protección. Es lo que declara el fabricante en el prospecto publicado por el MSP: “La eficacia de BEXSERO no ha sido evaluada a través de ensayos clínicos. La eficacia de la vacuna se ha deducido demostrando la inducción de respuestas de anticuerpos bactericidas…”. Además la EMA dice que no se realizaron estudios de eficacia durante el desarrollo clínico de Bexsero y que, por razones prácticas, los ensayos de eficacia contra meningococo en poblaciones no epidémicas no se consideraban factibles. Por eso la solicitud de autorización se basó en un marcador serológico sustituto de protección. En cambio la FDA no autoriza Bexsero en menores de 10 años.

Pero una cosa es medir anticuerpos y otra muy distinta es observar que una persona no contrajo la infección, no desarrolló la enfermedad o no murió a causa de ella. Entre ambas cosas hay una cadena de inferencias que debe ser demostrada, no simplemente proclamada.

Y aquí es donde la retórica de la vacunación empieza a parecerse peligrosamente a un acto de fe: se toma un marcador biológico, se le atribuye capacidad protectora, se presume que esa protección se traducirá en un determinado resultado clínico y, finalmente, se presenta todo el proceso bajo el mantra “las vacunas previenen enfermedades y salvan vidas”.

Eso no es una demostración experimental del resultado que se pretende obtener. Es una inferencia. Y una inferencia puede ser razonable cuando está sólidamente respaldada por evidencia. Pero cuando la cadena de razonamiento contiene incertidumbres, supuestos y extrapolaciones, no puede transformarse mágicamente en una certeza por repetición institucional.

Mucho menos puede convertirse esa certeza presunta en una obligación jurídica impuesta sobre el cuerpo de una persona.

Y si a esa cadena insostenible sobre la protección individual se le agrega el otro mantra —el supuesto efecto rebaño de la vacunación masiva—, la cadena de suposiciones se hace todavía más larga: de una presunta protección individual se deriva en una protección colectiva invocada para justificar la intervención sobre todos. El efecto rebaño ni siquiera está reportado en los prospectos de las vacunas, ni en Uruguay ni en el mundo.

Los efectos adversos que producen las vacunas, en cambio, sí constituyen acontecimientos clínicos observables y registrables, que sistemáticamente se ocultan y especialmente se niegan cuando un vacunado afectado sugiere una relación temporal entre la vacunación y sus consecuencias. Muchas veces hasta se citan cifras de personas salvadas por vacunas, lo cual es especulación pura. En cambio los afectados por vacunas tienen nombre y apellido.

Cuando la evidencia dañosa se niega y se prioriza la inferencia a favor del supuesto beneficio, cuando se reemplazan las inferencias por presunciones y las presunciones por dogmas, la ciencia deja de ser ciencia y se convierte en religión: el brujo de la tribu levanta un frasco, pronuncia unas palabras incomprensibles y declara que, porque apareció el signo esperado, el mal ha sido conjurado.

En una sociedad que pretende regirse por la razón, la fe vacunal no puede ser el fundamento de una obligación médica.

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