El meningocuco avanza

El miércoles 16 de setiembre de 2026, a pocos días de las vacaciones de primavera, el Ministerio de Salud Pública (MSP) llegó con la vacunación antimeningocócica a la enseñanza media.

Y llega con un plan de despliegue completo: material que los docentes deben utilizar para el adoctrinamiento de los estudiantes y hasta el formulario de autorización que debe ser devuelto firmado por sus padres para que puedan recibir la vacuna.

Hay algo que llama poderosamente la atención. Para la hormonización de menores, desde los 9 años en niñas y desde los 10 en varones, basta la manifestación del menor, como ya informáramos. Pero para vacunarse contra el meningocuco, a partir de los 12 años, se exige la autorización de los padres.

¿Una vacuna en liceales requiere autorización parental, pero la hormonización de escolares puede prescindir de ella? La pregunta no es menor.

¿Dónde es la epidemia?

Para analizar si esta vacunación masiva está justificada por la situación epidemiológica del país, basta con mirar los propios datos de Uruguay: los boletines epidemiológicos semanales publicados en el sitio web del MSP.

Pero hay otro detalle muy relevante: la actual directora de la Salud del MSP, reconoce que la enfermedad meningocócica “no es muy frecuente y la probabilidad de adquirirla hoy es baja”.

Entonces ¿por qué se está vacunando masivamente hoy a toda una población contra una enfermedad infrecuente? Porque la OMS estableció una hoja de ruta mundial para “derrotar la meningitis” para 2030.

Y en ese marco aparece la vacuna experimental MenFive que se está aplicando a los adolescentes uruguayos. Dicha vacuna fue precalificada por la OMS, pero carece de las aprobaciones de la FDA y de la EMA, por lo tanto no aparece en los registros de efectos adversos y no se puede investigar su seguridad. Fue desarrollada específicamente para África y su primer despliegue tuvo lugar en Nigeria en 2024, donde las epidemias han afectado hasta el 1% de su población. Uruguay es el primer país del mundo en probarla fuera de África. En los países donde fue creada, es fabricada y comercializada no se aplica. La distribuyen pero ni la usan.

Casualmente los síntomas de la enfermedad meningocócica coinciden con los efectos adversos de la vacuna: dolor de cabeza, fiebre, vómitos y somnolencia. Y el MSP ni siquiera realiza análisis propios e independientes de los viales antes de su administración, como lo mandata su ley orgánica.

Una estrategia mundial puede tener objetivos legítimos. Pero ¿por qué esta estrategia es necesaria hoy en Uruguay?

Uruguay no tiene una epidemia de enfermedad meningocócica. Tiene una población de apenas 3,5 millones de habitantes y registra, según el propio MSP, casos poco frecuentes. En 2025 hubo 42 casos (poco frecuentes) con 5 fallecidos. Hasta el 5 de setiembre de este año, se notificaron 30 casos y 8 fallecidos.

Entonces: ¿estamos ante una política sanitaria diseñada a partir de la realidad epidemiológica del Uruguay o ante la oportunidad de cumplir, antes de 2030, con un objetivo internacional perfectamente mensurable?

Porque si el objetivo es llegar a 2030 presentando como erradicada una enfermedad poco frecuente en un país de apenas 3,5 millones de habitantes, el escenario está armado para construir la épica del personaje siniestro que, detrás de una imagen de heroína sanitaria, impone este libreto macabro a nuestros jóvenes.

¿Política sanitaria o monumento a la propia gestión?

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